viernes, 7 de noviembre de 2014
Las despedidas a veces son buenas.
Quiero creer que las despedidas a veces, son buenas. Quiero creer que te fuiste porque pensaste que merecía alguien mejor y que no tardaría mucho en llegar. Quiero creer cosas que posiblemente ni hayan sucedido, supongo que así es la única forma de que no duelan tanto. Ya no podía hacer nada, ya no podíamos hacer nada para no perdernos, para cambiar las cosas y retroceder. Retroceder a ese momento, ese momento en el que tú no diste el portazo, ese momento en el que se te olvidó decir “te llamo luego”, ni siquiera fue un “después hablamos”. Fue simple. Un simple portazo y se acabó. Se acabaron esas llamadas, se acabaron esos mensajes a las tantas, se acabaron tantas cosas que me da vértigo de pensarlas. Ya no me hará falta volver, porque me he ido. Porque me fui, pero te recuerdo que tú te fuiste antes, y te recuerdo que nos fuimos tarde, ¿y sabes por qué nos fuimos tarde? Porque esta historia acabó antes de que tú dieras aquel portazo, ahora me doy cuenta, me doy cuenta de que hubo un final antes de que tú se lo pusieses. Quisiera encontrar una razón por la que no me di cuenta antes, o te quería demasiado, o adoraba tantos nuestros recuerdos que estaba estancada en ellos. Hay despedidas que son necesarias, a medida que pasa el tiempo y miras atrás te das cuenta de que sí, de que es verdad. Y tu despedida a día de hoy ya no duele. Ya no dueles. Y espero que en este momento, en este jodido momento, haya empezado a dolerte yo.
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